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Un ultra comienza mucho antes del día de la carrera. Empieza en el momento en que te inscribes, cuando queda lejos saber qué te va a pasar durante los muchos meses que preceden a la misma.
En mi caso, ya sabía lo que supone tener una carrera en octubre. Este ha sido mi quinto GTP. Soy una reincidente. Sé lo que es entrenar en verano, madrugar para evitar el calor abrasador y especialmente este verano ha sido un verdadero reto. Compaginar los muchos planes que surgen durante las semanas de descanso laboral con las salidas largas, los entrenamientos de fuerza y hacerlo en lugares donde no hay desnivel. Quitando tres días cumplí mi plan de entrenamiento veraniego.
En realidad, soy madrugadora durante todo el año para poder entrenar. Somos muchos los que lo hacemos así, entrenar antes de empezar la jornada laboral. Soy diurna, me gusta ver amanecer, esa es la parte bonita. Pero la realidad es que después voy a toda castaña para poder prepararme para el día que tengo por delante. Poner y recoger lavadoras antes de salir, preparar la comida para llevar al trabajo, arreglarme y salir de casa. Cuando llego al trabajo llevo más de tres horas de actividad. Los fines de semana madrugo al menos un día y ese día quizá más que entre semana. En este mundo de corredores nos entendemos todos, con el resto es otra historia.
Mi plan de entrenamiento me lo prepara Belén, de «Tu gestor de salud«. Me ha acompañado en una nueva etapa de mi vida, la menopausia, en mi caso muy tardía. Es un tema aparte, algo importante para todas las mujeres pues a eso se llega y es mejor hacerlo bien asesorada, cada mujer es un mundo. La suerte tener un buen ginecólogo, la he tenido. Me siento fuerte, llena de energía y con ganas de hacer mil cosas. Mi prioridad es la salud. Tengo 56 años. La vida son etapas y después de pelearme mucho con todo entro en esta con ganas, aceptando el paso del tiempo que va dejando rastro por mucho que te cuides.
A medida que se acercaba la fecha, pensaba si estaba preparada, si había hecho suficiente. Yo respeto mucho la montaña y la distancia y en lugar de sentirme cada vez más segura, cada vez me da más respeto.
Todos tenemos temas personales que van surgiendo antes de la carrera. Trabajo, familia, responsabilidades, etc. Un mes antes, tuve un acontecimiento familiar muy importante y no renuncié a nada de lo que implicaba. Lo disfruté a tope. Supuso que no hiciera las últimas cuatro semanas de la manera ideal, pero si uno espera el momento perfecto para hacer las cosas quizá nunca las haríamos.
El GTP empieza a las 23:30 de un viernes. Es emocionante llegar, dejar la bolsa de vida en el polideportivo para recogerla en Rascafría en el kilómetro 56. Encontrarte con gente conocida, a mí se me pone una sonrisa en la cara aunque siga con el canguelo. Pasar el control de material, esperar a que den la salida, la energía dentro del cajón se percibe. Encender la luz roja trasera y el frontal, ya casi estamos fuera. Este año, se guardó un minuto de silencio en memoria de Cris Santurino, una gran corredora, una gran persona. Se fue muy pronto pero como bien decían, estará siempre corriendo por nuestras montañas con su gran sonrisa.
Yo preparo diez bolsitas donde llevo la nutrición necesaria en carrera, teniendo en cuenta los diez avituallamientos que voy a pasar. Salgo con cinco de ellas y las otras cinco las recojo en Rascafría. Durante varios puntos del recorrido iba a estar acompañada por mi hijo, así que teníamos planificado lo que me iría entregando. Él corrió conmigo el GTP y la Copa de Hierro el año pasado, así que sabía perfectamente lo que estaba viviendo. Fue una gran ayuda porque esta carrera me costó más de lo que había previsto. Tener a alguien que te cuida, que te habla y que te mima cuando no estás bien es un regalo. Yo fui muy afortunada.
Mi objetivo, como siempre en cada carrera, era terminar. Mi plan era hacerlo en alrededor de 19 horas. No siempre los planes se cumplen, acabé, pero tardé una hora y media más de lo previsto. Siempre había entrado con sol y esta vez se estaba casi retirando cuando crucé la meta.
La salida de Navacerrada es emocionante, hay un ambientazo, es una super despedida antes de dejar el asfalto y comenzar a correr durante una noche oscura acompañados por una luna menguante y nubes. En esta parte del recorrido es donde más juntos vamos todos. La subida a Maliciosa es continua, casi 9 kilómetros con 1.000D+. Una procesión no demasiado rápida, una hilera de luces como la procesionaria y ese día acompañados de niebla.
La bajada de la Maliciosa siempre la hago con mucho cuidado. A lo largo de todo el recorrido se sentía en el terrero la falta de lluvia, estaba la piedra muy suelta y cuando medio patinas entra una cosa…queda mucha carrera, muchos kilómetros.
El primer avituallamiento es Canto Cochino, casi en el kilómetro 18. Allí hay ambiente, acompañantes, gente animando, voluntarios. Es un punto donde hay gente que se retira por distintos motivos.
Seguimos hacia el siguiente avituallamiento, Hoya de San Blas en el kilómetro 28. Allí solo hay voluntarios, es noche cerrada, hace frío y a mí me gusta irme rápido de ese punto. En el camino hacia el siguiente avituallamiento me tropecé y caí, me despisté y me golpeé la rodilla, pero como iba de largo no me hice casi nada.
Camino de Morcuera, este año en el kilómetro 42, esa subida siempre es dura, se hace larga. Ya vamos más dispersos, y varios corredores me pasan. Al llegar al avituallamiento recuerdo tomar un caldo y un manolito de chocolate, medio obligada, hay que comer.

Mi pauta en carrera es comer cada 45 minutos y hasta ahí lo cumplí bien. Un rato después, mi estómago me falla, no estoy habituada, no es mi punto débil. Recuerdo enviar un audio a mi hijo y decirle que no me encontraba muy bien, que iba a beber poco a poco para ver cómo me iba sintiendo pero ya no podía comer como tenía planeado.
Rascafría, kilómetro 56. Cambio de ropa pero sigo con las mismas zapas. Recuperador. Encuentro con mi hijo y su perro. Ahí siempre me quedo un buen rato, me lavo los dientes, la cara, me pongo protector solar, me eternizo. Ya es de día, el sol acompaña y la noche se ha quedado atrás. La suerte de ir con alguien que te avitualla es que todo es mucho más fácil. No es necesario llevar todo encima, te ayudan con todo lo que has preparado y cómo lo has planificado antes. Lujo total.
Este año en Rascafría varios corredores se retiran. Me voy camino del Reventón en el kilómetro 65, el nombre lo dice todo. Los voluntarios a lo largo de todo el recorrido son los mejores, siempre animando, siempre atendiendo a todos los corredores. Gente a la que admiro porque gracias a ellos todo es más sencillo.
Después de pasar el Reventón empieza una bajada que se hace interminable. Sentía como puñales en los cuádriceps, uff qué duro. A lo lejos se ve La Granja, qué bonito, parece más cerca de lo que está, se me hace eterno. Cuando estaba llegando al avituallamiento del kilómetro 73 vi a unos buenos amigos, a mi hijo, a otros corredores que conozco. Tomé un recuperador, tortilla de patatas que me sabe a gloria, caldo. Nada más salir de allí mi estómago de nuevo me falla, me da un poco de miedo porque sé lo que queda por delante. Salgo con calma.
Esta parte de la carrera, hasta llegar a Peñalara son poco más de 10 kilómetros de los duros. Pero curiosamente y a pesar de no ir comiendo casi nada, me sentí muy bien en esa zona. Hacía mucho viento, pasé a bastante gente y llegué al kilómetro 84 con más de 4.500D+ sintiéndome muy a gusto.

En el siguiente avituallamiento, Puerto de Cotos, en el kilómetro 89, me encontré con mi hijo. Él insistió en que comiera, y al final logré tomar un poco de sándwich de jamón ibérico. También me crucé con personas maravillosas, que solo veían en mí fortaleza, cuando yo me sentía agotada. Llevaba ya muchos kilómetros sin consumir geles, aunque no dejé de beber pequeñas cantidades de isotónico para estar hidratada.
Cuando llevas ya 90 kilómetros, sabes que después de tantísimas horas ya no queda tanto. Pero la subida a la Bola del Mundo aunque son pocos kilómetros, se me hizo interminable, parecía que no llegaba jamás.
A partir de ahí ya fui sola hasta el final, pasando por Emburriaderos donde varios amigos estaban animando, una gozada. Luego la bajada a la Barranca y en la pista final antes de llegar a la carretera, aunque no la hice tan animada ni rápido como otras veces tuve oportunidad de ver un cielo casi naranja espectacular.
Cuando entras en Navacerrada es una emoción inmensa. La gente te anima, te aplaude, te empuja y cuando ves a la gente que te está esperando, sentir su ánimo, su emoción, es algo difícil de explicar. Es algo emocionante, es una sensación de lo haberlo conseguido, de satisfacción total.
Durante la carrera no me sentí bien en muchos momentos, no sabía si podría hacerlo, pero abandonar no estaba en mis planes. Mi objetivo era llegar a la meta y lo logré.

Me da un poco de vergüenza decirlo, pero llegué primera de mi categoría, Veterana B Femenina. También es un orgullo. Me hace feliz.
Gracias Pelayo por estar durante los 104 kilómetros cerca de mí. Gracias a los que más quiero que estaban un poco más cerca y a los que tuve a miles de kilómetros acompañándome.
Gracias a RSEA Peñalara por organizar esta carrera tan maravillosa, a los voluntarios por hacer todo más fácil

