Trail de las Dehesas o cómo sobrevivir a un intenso domingo en la Sierra de Guadarrama

Carreras recomendadas Crónica

Loading

Cuando piensas en el Trail de las Dehesas, lo primero que se te viene a la cabeza es una de esas carreras clásicas de Madrid: se celebra en la preciosa Cercedilla, tiene 29 kilómetros y casi 1.900 metros de desnivel positivo. “Una distancia media —te dices— que con un poco de esfuerzo cualquiera puede hacer. ¡Venga, me apunto!”.

Pero el clima de montaña es impredecible… y este año nos regaló un día para recordar. Mejor os lo cuento.

La mañana del domingo 28 de septiembre llegamos temprano, recogimos el dorsal y nos pusimos la camiseta de “Super Dehesas” con esa mezcla de emoción y nervios que solo da el trail. El día arrancó fresco, con nubes bajas y amenaza de lluvia. Tras el control obligatorio de material, estábamos listos: la carrera prometía picante desde el primer metro.

En la salida descubrimos que, además, se disputaba la Copa de Kilómetro Vertical… y que nuestro recorrido comenzaba justamente por ese tramo. “Vaya, toca subir con fuerza desde el principio”, pensé. Arrancamos por terreno rápido, con las primeras gotas cayendo suaves. Al dejar el asfalto, una subida rota nos llevó a la pista de Camorritos. ¿Qué mejor manera de empezar que entre pinos y con el aliento de los compañeros en el cruce de la carretera?

Pero ahí es cuando la carrera empieza a mostrar su verdadera cara. Tras pasar el caserío, llega la primera subida seria: 2 kilómetros con 300 metros de desnivel positivo, terreno técnico, piedra mojada, pinos y algún corte en el bosque que regala vistas espectaculares de la sierra y, al fondo, Madrid. Llegamos a la Pradera de Navarrulaque, tomamos algo en el avituallamiento —¡nunca hay que olvidar comer y beber!— y nos preparamos para lo que venía: la extenuante ascensión a los 7 Picos.

Nada más salir del kilómetro 4, la lluvia se volvió más persistente y fría. En la cima, sabíamos que el viento y el frío iban a ser protagonistas, pero la pendiente no daba tregua: 3 kilómetros de subida continua que culminan en un último tramo de 1 kilómetro con 200 metros de desnivel, trepando entre rocas. Duro, sí, pero inolvidable. Coronamos la primera de las cuatro cimas con muy buen tiempo, disfrutando cada paso a pesar de las nubes que nos envolvían y las gotas que nos azotaban la cara. Arriba, solo picos y niebla… pero también pura felicidad.

Y entonces llegó la recompensa: la primera gran bajada. Un kilómetro con 200 metros de desnivel negativo por roca húmeda. Se podía volar, sí, pero con cuidado: cada piedra resbalaba como si estuviera engrasada. Respiramos hondo, soltamos las piernas y nos dejamos llevar, sorteando árboles, raíces y piedras sueltas. Ahí entendí que la carrera empezaba a ponerse linda.

Tras la bajada, tocaba subir de nuevo: el Cerro Ventoso. Ya con temperaturas de 5 a 7 °C, lluvia y viento, la subida se hacía más dura, aunque el esfuerzo daba calor rápido. Coronamos mojados hasta los huesos, con el frío calando, y nos lanzamos a la segunda bajada: mucho más técnica, un pedrero precioso para bajar en saltitos. Lo cruzamos con cuidado, entramos en los pinares —resbaladizos por el agua— y divisamos el primer punto de corte: el Puerto de la Fuenfría. Llegamos en menos de dos horas, con margen de sobra sobre el límite de 2:30 h. Comimos, bebimos, y ahí, en ese momento, sentí que la carrera de verdad empezaba. Ya habíamos dejado atrás a muchos corredores —incluidos los del KM Vertical—, las piernas cargaban, y aún nos quedaban más de 11 kilómetros y la mitad del desnivel.

Entonces, todo se volvió más épico. La subida a Minguete y, después, al Montón de Trigo —el punto más alto del recorrido— se hizo bajo una llovizna intensa y un viento helado. El terreno era accesible, pero la pendiente exigía cada gramo de energía. Coronamos Minguete rápido, cruzamos un llano embarrado con algún resbalón cómico, y llegamos al pie del Montón de Trigo. Ahí, 500 metros de pedregal con 150 metros de desnivel nos esperaban. Trepar valió la pena: las vistas, aunque envueltas en nubes, eran mágicas.

La bajada, sin embargo, fue un reto: un pedrero enorme y mojado que exigía máxima concentración. Tras unos minutos de prudencia, volvimos a correr con todo. La vuelta a Collado Minguete fue rápida, divertida, aunque el barro no nos lo puso fácil. Llegamos al avituallamiento de Marichiva, tomamos fuerzas… y nos enfrentamos a la última gran subida: la Peña del Águila.

Justo entonces, un poco de sol —una “resolana”, como decimos por aquí— nos dio ánimos. La subida parecía acabar… pero no: eran tres cuestas en una, cada una más empinada que la anterior. Camino abierto, terreno corredero, pero las piernas ya pedían tregua. Sacamos fuerzas de no sé dónde y coronamos con las vistas más hermosas de la sierra como premio. Pasamos el control de paso y nos preparamos para lo más exigente: 7 kilómetros de bajada continua, con pendientes del 12 al 15 %.

Ahí sí que volamos. Técnico, sí: piedras, raíces, pinares… pero el terreno estaba más seco y permitía soltar las piernas. Guardamos algo de energía para el final, porque sabíamos que aún quedaba batalla. Al llegar a Las Berceas, un puñado de público nos animó con gritos que nos inyectaron adrenalina pura.

El tramo final tenía su intriga: tras el albergue juvenil, un último avituallamiento y… ¡una subida de 1 kilómetro con 120 metros de desnivel positivo en el kilómetro 24! Sí, leíste bien. Día gris, piernas cansadas… y encima, una caída entre zarzas que me dejó raspones hasta la cintura. “¡Jajaja!”, me reí mientras veía el rojo en mis piernas. Pero con la meta en mente —bajar de 4 horas—, seguí adelante.

El “Camino del Agua” nos llevó por pinares, helechos y arroyos, mientras los corredores de la distancia corta, que también habían sufrido con la lluvia, nos vitoreaban como si fuéramos héroes de leyenda.

Al final, entre los árboles, aparecieron las primeras casas de Camorritos. Sabíamos lo que eso significaba: la aventura tocaba a su fin. Apuramos las últimas fuerzas en la bajada final, con las vacas pastando como testigos mudos de nuestra llegada. La gente gritaba, el corazón latía a mil… y en los últimos 200 metros, con el reloj marcando que íbamos a cumplir el objetivo, cruzamos el arco de meta con todo.

La carrera terminó… pero en la cabeza seguirá dando vueltas mucho tiempo. Porque esta prueba lo tuvo todo: subidas que queman, bajadas que exigen, tramos rápidos para soltar las piernas y, sobre todo, ese manto gris de nubes, lluvia y barro que convirtió el Trail de las Dehesas en una aventura inolvidable.

Ya estoy pensando en la próxima. Porque las heridas sanan… pero los recuerdos, esos, perduran.


Tagged