Quiroga Trail Challenge: barro, montaña y esencia pura de trail

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Hay carreras que eliges por el desafío deportivo y otras que te atraen por algo más difícil de explicar. La Quiroga Trail Challenge, en el corazón de la Serra do Courel, llevaba años llamándome la atención. Había escuchado hablar mucho de ella en redes sociales y de boca de corredores que coincidían en algo: era una carrera dura, salvaje y auténtica.

Después de haber corrido en zonas como Asturias o el País Vasco, donde las montañas también imponen respeto, tenía curiosidad por descubrir cómo sería correr en Galicia. Muchos me hablaban de sus bosques húmedos, de senderos cubiertos de barro y de ese ambiente especial que se respira en las carreras pequeñas de montaña. Este año por fin llegó el momento.

La distancia elegida fue el Ultra Castelor, la prueba más larga de la carrera: 65 kilómetros y unos 4000 metros de desnivel positivo. Una distancia exigente que une dos recorridos emblemáticos del evento: el Maxitrail do Lor y el Trail do Castelo. El resultado es una travesía por algunas de las montañas más salvajes de la zona, conectadas por los paseos fluviales de San Clodio y Quiroga.

Además, había un motivo extra para correrla este año. Después del gran incendio que afectó a parte de la zona el año anterior, muchos queríamos volver a pisar estas montañas y comprobar cómo poco a poco la naturaleza empieza a recuperarse.
Para la carrera nos alojamos en A Rectoral de Seadur, un lugar espectacular que también está recuperándose del incendio. Allí nos recibieron con una hospitalidad increíble. Como siempre, me acompañaban dos de mis mejores apoyos: Bea y mi perrita Laia, que no se pierden una carrera importante y que siempre consiguen sacar lo mejor de mí cuando el cansancio aparece.

Una salida especial
El ambiente antes de la carrera ya dejaba claro que esta prueba tenía algo especial. Todo se organizaba desde el pabellón de Quiroga, algo que agradecimos muchísimo porque a las siete de la mañana las temperaturas aún eran bajas. Poder esperar bajo techo, tranquilo y seco, antes de la salida es un pequeño lujo en una carrera de montaña.
En mi distancia solo tomábamos la salida 65 corredores, lo que hacía que todo tuviera un ambiente cercano y casi familiar.
Mi objetivo era claro: disfrutar y terminar la carrera. También tenía una pequeña meta personal: intentar bajar de las 12 horas para no tener que usar el frontal por la noche. Pero sobre todo quería vivir la experiencia y descubrir estas montañas gallegas de las que tanto había oído hablar.
A las 7:00 de la mañana se dio la salida.

El territorio salvaje del Lor
Los primeros kilómetros nos llevaron rápidamente hacia el territorio más salvaje de la carrera: el valle del Río Lor. Durante aproximadamente 35 kilómetros, el recorrido atraviesa bosques autóctonos, soutos de castaños y senderos que parecen sacados de un cuento.
Pero si el paisaje es mágico, el terreno no da tregua.

Desde muy pronto quedó claro que esta primera parte iba a ser extremadamente exigente. Apenas había tramos donde correr con normalidad. Las subidas eran tan empinadas que muchas veces había que ayudarse con ramas, piedras o incluso con cuerdas instaladas por la organización.
En algunos momentos avanzábamos prácticamente a cuatro patas, utilizando también los bastones para poder progresar.
Las bajadas tampoco daban descanso. Empinadas, técnicas y llenas de barro, obligaban a concentrarse en cada paso. Aun así, tuvimos suerte: los días anteriores no había llovido demasiado, porque de lo contrario esos tramos habrían sido todavía más complicados.
Uno de los elementos más característicos de esta primera parte era el agua. Una y otra vez el recorrido obligaba a cruzar pequeños ríos y arroyos. En algunos puntos el agua llegaba casi hasta la cadera y en otros había que avanzar durante cientos de metros directamente dentro del cauce del río, sin opción de evitarlo.

Barro, agua y montaña en estado puro.
Fue una parte durísima de la carrera. Tan dura que en algunos momentos pensé que si el resto del recorrido era igual iba a hacerse realmente largo.
Pero también fue increíble.
Los voluntarios estaban en los puntos más complicados, ayudando, animando y asegurándose de que todos pasáramos con seguridad. Su energía hacía que, incluso en los momentos más duros, fuera imposible dejar de sonreír.

Cambio de escenario
La carrera cambia completamente a partir del avituallamiento de San Clodio.
Después del salvaje sector del Lor, el recorrido se vuelve algo más corredero y equilibrado. La segunda mitad transcurre por la Sierra do Castelo, con paisajes igualmente espectaculares pero algo más amables para las piernas.
Aquí el recorrido pasa por lugares increíbles como la subida al Canivete, los pinares de Paradaseca o el pequeño túnel de Penafurada, una curiosa sorpresa del recorrido.

Atravesar ese túnel fue uno de esos momentos inesperados de la carrera. Un paso de unos diez metros que había que recorrer a cuatro patas. No me lo esperaba en absoluto, pero estaba perfectamente señalizado y añadía un toque de aventura a la jornada.
También hubo subidas exigentes, como un interminable cortafuego que parecía no terminar nunca. Pero comparado con la primera parte del recorrido, esta sección permitía correr mucho más.
El paisaje seguía siendo espectacular: ríos, montañas, viñedos y bosques que muestran toda la esencia del Courel.

Caídas, barro y risas
Durante la carrera hubo momentos de todo tipo. Caídas, resbalones y alguna que otra caída formaron parte del día. Terminé con raspones por varias partes del cuerpo, pero en una carrera así eso casi forma parte de la experiencia.
Al final, con tanto barro, parece que todo se cura!!!

Y es que cuando corres en entornos tan salvajes, sabes que lo importante no es salir limpio, sino salir con una sonrisa.

El impulso final
En los últimos kilómetros me encontré bastante bien físicamente. El terreno permitía correr y el cansancio acumulado no era tan grande como había imaginado durante la primera parte de la carrera.
Aun así, no tenía ninguna prisa. Más que buscar un tiempo concreto, quería disfrutar de los últimos kilómetros.
Pensar que pronto volvería a ver Bea y a Laia me daba un extra de motivación.
Finalmente, tras unas 12 horas de carrera, llegué al paseo fluvial de Quiroga y crucé la línea de meta.
La sensación fue simple: alegría.

Una carrera con alma
Si algo hace especial a la Quiroga Trail Challenge no es solo su dureza o su espectacular recorrido. Es su ambiente.
Durante la carrera se atraviesan pueblos pequeños como Parteme, Xoán, Orxais, Xestoso o Paradaseca. En algunos de ellos apenas hay unas pocas casas, pero aun así siempre aparece alguien animando.

Recuerdo especialmente una escena: una mujer mayor, sola en el balcón de su casa en una pequeña aldea, animando en gallego mientras pasábamos los corredores. Ese tipo de momentos te recuerdan por qué nos gusta tanto correr por la montaña.
Los voluntarios también fueron espectaculares. Siempre atentos, animando y ayudando en los tramos más duros.
En definitiva, una carrera como las de antes: dura, auténtica y en un entorno brutal.
De las que te hacen sufrir, disfrutar y, cuando cruzas la meta, empezar a pensar cuándo volverás.
Y en mi caso la respuesta está clara.
Volveré.

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