![]()
Hay carreras de trail y hay viajes inolvidables.
En mi caso, este TOR100 fue mucho más que una carrera. Fue un viaje para conocerme, un viaje en el que tuve tiempo para reír, para llorar y también para sufrir. La carrera más difícil de mi vida y, probablemente, de la que más orgulloso estoy.
Cuando unos días antes de la carrera llegas a Courmayeur, enseguida te das cuenta de que no estás ante una carrera más. La pequeña población respira montaña por sus cuatro costados, vigilada desde lo alto por el majestuoso Mont Blanc, que parece darnos la bienvenida y, al mismo tiempo, advertirnos de que los próximos días no van a ser fáciles.

Todo el pueblo luce sus mejores galas para el TOR. Bares, tiendas y casas se visten con los colores de la carrera y todo gira alrededor de la montaña y de ese desafío que, durante unos días, convierte Courmayeur en el corazón del trail. Es lunes y todavía queda mucho para que los corredores lleguen a cruzar la línea de meta; de hecho, todavía están en pleno montaje de la misma.
En nuestro caso, nos acercamos a recoger la acreditación de prensa y la organización nos acoge y nos trata de maravilla. Nos desean suerte de cara al miércoles, cuando llegará nuestro momento. Mientras tanto, los corredores de 450 y 330 kilómetros ya surcan las montañas y para algunos todavía quedan muchísimos días de aventura por delante. Es un reto mayúsculo cuya verdadera dimensión podremos empezar a comprender cuando nosotros nos pongamos en marcha el miércoles.

Porque hasta entonces solo podemos imaginar lo que nos espera. Pero el TOR ya ha empezado a enseñarnos que aquí nada va a ser sencillo.
El martes lo dedicamos a descansar en nuestra casa de alquiler, en Aosta, con unas vistas impresionantes del valle. Queremos llegar al miércoles con las piernas descansadas y la cabeza tranquila, así que por la tarde aprovechamos para realizar una pequeña activación en el entorno montañoso de nuestro alojamiento. Y ahí aparece el primer problema.
Los problemas en el glúteo que me han venido molestando durante las últimas semanas dan la cara enseguida. La cosa no va bien y no necesito demasiado tiempo para darme cuenta de que la zona no está como me gustaría. Después de todo lo que hay detrás de esta carrera, después de meses de entrenamiento, lesiones, dudas y kilómetros, la preocupación se apodera de mí y no puedo evitar pensar en la posibilidad de que todo pueda terminar antes incluso de empezar.
Esta vez la carrera comienza mucho antes de que empiecen a contar los kilómetros.
Debemos desplazarnos hasta Courmayeur para dejar nuestro vehículo y coger el autobús que nos llevará hasta Cervinia, lugar de salida. Al no llevar asistencia externa, esto supone salir de nuestra casa a las doce de la mañana, muchas horas antes del comienzo de la carrera. A las cinco de la tarde el autobús nos deja en Cervinia y allí empieza otra historia.
Cervinia es, sin duda, uno de los lugares más increíbles desde los que he comenzado una carrera. La meta está orientada hacia el Cervino, un coloso espectacular que domina todo el paisaje, mientras en la zona de salida encontramos música, stands de productos y corredores por todas partes, intentando hacer más llevadera esa larga espera hasta las nueve de la noche.

Entonces comienza a llover. La previsión es de buen tiempo durante la carrera, pero esa fina lluvia añade un punto más de incertidumbre. Estamos a punto de enfrentarnos a 100 kilómetros y 7.500 metros de desnivel positivo y sabemos que la montaña siempre tiene la última palabra.
Son las 21:00 cuando se da la salida. Hay muchísima gente despidiendo a los corredores y nuestros frontales ya están encendidos porque la oscuridad es total. Comienza la cuenta atrás y la aventura se pone en marcha. Una vuelta por el pueblo y unos primeros kilómetros de asfalto sirven para que los cerca de 500 corredores que hemos tomado la salida vayamos encontrando nuestro sitio.
En nuestro caso, hemos calculado que las 30 horas deberían dejarnos aproximadamente en mitad de la clasificación, nuestro lugar natural en este tipo de carreras. Salimos juntos tres españoles, Juanjo, Víctor y un servidor, los tres corredores experimentados en carreras duras y con la Travesera Integral de Picos de Europa entre nuestras experiencias.

Dejamos atrás el asfalto y comenzamos ya a subir. Son subidas progresivas que permiten llevar un ritmo ágil y cómodo, y estas primeras horas de noche nos muestran también lo que será uno de los grandes referentes de la carrera: su magnífica señalización. Las banderas amarillas del TOR nos acompañarán durante todo el recorrido y sus elementos reflectantes se ven perfectamente iluminados por nuestros frontales, incluso muchos metros por delante. Sin duda, es la mejor balización nocturna de cuantas carreras he disputado; en ningún momento tienes dudas sobre por dónde debes ir.
En el kilómetro 12 llegamos al primer avituallamiento, el refugio Barmasse, situado a 2.173 metros. Es también aquí cuando empezamos a ser conscientes de otra de las particularidades de esta carrera: gran parte del recorrido transcurre por encima de los 2.000 metros y eso, en determinados momentos, también tendrá su importancia.
Pero algo no va bien.
El dolor en el glúteo sigue molestando y comienza a generarme unas dudas que empiezan a afectarme mentalmente. En la subida hacia el Col de Chaleby, a 2.653 metros, les digo a mis compañeros que no puedo seguir, que me dejen las llaves del coche y que en el siguiente avituallamiento me retiraré. Llevamos apenas dos horas de carrera y no me veo capaz, ni física ni mentalmente, de aguantar otras 28.
Continúo solo y la subida se me hace eterna. Las piernas y la cabeza parecen haberse desconectado y cada paso cuesta una barbaridad. Corono el Chaleby y comienzo la bajada en dirección al refugio Magia, en torno a los 2.000 metros. Es el kilómetro 25 y, justo al llegar, encuentro a mis compañeros, que están saliendo del avituallamiento.
Allí mantengo una conversación conmigo mismo. Pienso que, si me retiro en ese punto, entre que me sacan de allí y todo lo demás, voy a perder unas cuantas horas, así que decido intentar llegar hasta la bolsa de vida de Oyace. Desde Magia comienza una larga subida que nos lleva primero hasta el refugio Cuney, a 2.442 metros, y posteriormente al Col de Vessonaz, a 2.794.
Y algo empieza a cambiar.
En las subidas la pierna no me molesta y, poco a poco, noto que la moral se va recomponiendo. Empiezo a pensar que quizás pueda continuar y una larga bajada de unos 10 kilómetros nos lleva hasta Oyace, en el kilómetro 44, donde se encuentra la bolsa de vida.

Mi sorpresa , ver a mis compañeros allí . Su cara de sorpresa lo dice todo
-Tu yes igual que el muerto que resucita , me dicen
Saco las llaves del coche y se las devuelvo.
—Nos vemos en meta, chicos.
Porque en ese momento pienso acabar esta carrera.
Ellos me dicen que me esperan, pero les digo que prefiero seguir solo. En Oyace empieza otra carrera, esa que sé que voy a acabar. Vuelvo a ser yo, vuelvo a tener la cabeza clara y, como me ha ocurrido tantas veces en mis ultras, dejo de dudar. Sé que voy a llegar. El dolor sigue ahí, pero me permite continuar, así que me cambio de ropa y vuelvo a salir.
Por delante tenemos un bucle con dos subidas de unos 1.400 metros positivos y dos bajadas de idéntico desnivel. Aquí va a estar la carrera.
Ya ha amanecido cuando comenzamos la subida al Col de Brison, a 2.519 metros, seguida de una durísima bajada en dirección a Ollomont, a 1.384 metros. El magnífico avituallamiento, como todos los del TOR, nos permite reponer fuerzas para afrontar, sin apenas respiro, la subida al Col de Champillon y sus 2.708 metros, antes de enfrentarnos a otra salvaje bajada que nos llevará hasta Ponteille, a 1.880 metros.

A estas alturas, el dolor del glúteo derecho ha desaparecido, pero imagino que por compensación la cara externa de la rodilla izquierda empieza a protestar. Es un dolor que no me resulta desconocido y que ya he sufrido en otras carreras con fuertes desniveles negativos. En Ponteille aprovechamos las asistencias médicas y nos realizan un vendaje funcional en la rodilla que nos aliviará el resto de la carrera.
A partir de aquí atacamos el tramo final, aunque antes merece la pena dedicar unas líneas a los corredores de 330 y 450 kilómetros, verdaderos gladiadores con los que nos vamos cruzando a lo largo de la carrera. Es increíble su capacidad física y mental y aprovechamos cualquier ocasión para animarlos y, cuando es posible, compartir un pequeño rato con ellos. Después de tantos kilómetros, esos encuentros también forman parte de la carrera.

Llegamos a un tramo que se parece lo más posible a algo llano en todo el recorrido: el enlace entre Ponteille y Saint-Rhémy-en-Bosses. Aprovechamos esta localidad para cambiarnos de camiseta y prepararnos para afrontar la última gran subida de la carrera, el Col de Malatra, a 2.921 metros, pasando por el emblemático refugio Frassati.
En esta subida hacemos tándem con una corredora italiana y juntos llegaremos hasta Frassati. A mitad de la ascensión el sol da paso a la luna y la oscuridad vuelve a apoderarse de la montaña. La subida es muchísimo más dura de lo que pensábamos. Yo creía que sería una ascensión sin tanta pendiente, pero me equivocaba: se hace durísima.

Llegamos al refugio Frassati, donde reponemos fuerzas antes de afrontar los últimos metros hacia el Col de Malatra. Se nos acaba la luz del frontal y nos detenemos para cambiar las baterías. En ese momento perdemos la compañía de la corredora italiana y nos quedamos solos.
El paso de Malatra, de noche, se hace complicado. En su parte final tenemos que seguir incluso la cuerda que marca el recorrido. Por fin conseguimos alcanzar la cima y pienso en las vistas que tendríamos durante el día: los glaciares, las montañas, el espectáculo de los Alpes. Pero ahora solo vemos oscuridad.

La parte más difícil la hemos dejado atrás, aunque todavía queda un último esfuerzo. Estamos en el kilómetro 88 y todo lo que queda es bajada, aunque todavía tendremos que superar pequeñas subidas. Pasaremos por el refugio Bonatti y posteriormente por el refugio Bertone, dos clásicos de los Alpes. Ya cuesta correr y el tramo se hace larguísimo, pero vernos cada vez más cerca de la meta nos hace continuar con determinación.
Las ultras no son fáciles y se tienen que luchar hasta el último metro. En el TOR, esa máxima se aplica en todos los sentidos.
Desde el refugio Bertone hasta Courmayeur quedan unos siete kilómetros y unos 700 metros negativos. Una bajada definitivamente infernal y probablemente el final más duro que recuerde de una carrera. La oscuridad, las piedras por todas partes y las piernas completamente castigadas hacen que nuestro único objetivo sea no dar un mal paso.
Después de una eternidad llegamos a la entrada de Courmayeur y recorremos el pueblo todavía incrédulos de haberlo logrado. Son las tres de la mañana y apenas unas 30 personas esperan en meta, pero da igual. Los tiempos y las posiciones ya no son importantes. El orgullo que siento en ese momento es, posiblemente, el mayor que haya sentido después de terminar una carrera.
Cruzas la meta y todo se acaba… una más.

Pero, por suerte, el viaje no termina aquí. Durante los siguientes días podremos disfrutar del Valle de Aosta y de sus pueblos, y merece mucho la pena hacerlo con tiempo. Poblaciones como la increíble Cogne hacen que el viaje continúe mucho más allá de la línea de meta.
El domingo asistimos a una emotiva entrega de premios donde todos los finishers de 330 y 450 kilómetros son reconocidos y presentados, uno a uno, con el escenario a los pies del mítico Mont Blanc.
Así acaba, por ahora, mi primera experiencia en el TOR. Me voy con la sensación de haber vivido el principio de un sueño y digo el principio porque ahora, más que nunca, sé que volveré algún día para completar ese sueño que imagine hace apenas 5 años.


