TOR DES GÉANTS 2026 ¿Doble o nada?

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Acabo de terminar una aventura tan extraordinaria como el Tor des Géants y ni siquiera recuerdo con exactitud cuándo decidí afrontarla o cuándo llegué a creer que sería capaz de hacerlo. Porque hay algo seguro: nunca se está completamente preparado para un desafío de estas dimensiones.

Sus cifras impresionan por sí solas: 345 kilómetros, más de 24.000 metros de desnivel positivo y un máximo de 150 horas para completarlo. Y, aun así, miles de corredores aspiran cada año a una de las aproximadamente 1.100 plazas disponibles. Cuando recibí la confirmación del sorteo sentí una mezcla de emoción, respeto y vértigo. Sabía que comenzaba una aventura cuyo desenlace era imposible anticipar.

Llegar a la línea de salida ya supone una victoria. Meses de entrenamiento específico, conciliando vida familiar, trabajo y preparación deportiva, convierten el simple hecho de estar en Courmayeur en un logro. Allí, frente al arco de salida con el que has soñado durante tanto tiempo, se mezclan tranquilidad, orgullo, incertidumbre, confianza y adrenalina.

Tor de Geants proporciona una oportunidad para explorar y empujar tus límites físicos y mentales en un entorno controlado y seguro.

“Doble o nada” es como titulé interiormente a este proyecto cuando empezó a tomar forma en mi cabeza. Pronto comprendí que el Tor no es una carrera de montaña más. Tampoco es una prueba de 100 millas multiplicada por dos. Es una experiencia vital capaz de transformar a quien la vive. Por eso es importante afrontarla con las motivaciones adecuadas. La condición física es imprescindible, pero no suficiente. La gestión emocional, la paciencia, la capacidad de adaptación y la resiliencia juegan un papel igualmente decisivo.

Mi estrategia fue simple: correr siempre muy conservador, especialmente en las bajadas, y priorizar la alimentación en cada avituallamiento. Apenas consumí cinco o seis geles durante toda la carrera, reservándolos para ascensiones especialmente largas. Tampoco utilicé cafeína de forma específica para el rendimiento, más allá de algo de Coca-Cola o algún té ocasional.

La gestión del sueño fue, como para la mayoría de participantes, uno de los grandes desafíos. No tenía un plan establecido y decidí adaptarme a las necesidades del momento. En las bases de vida apenas conseguía dormir entre 40 y 60 minutos, por lo que recurrí con frecuencia a microsiestas de 15 o 20 minutos. Durante los primeros días resultaron muy efectivas, aunque su impacto fue disminuyendo con el paso de las jornadas.

Completé la prueba en 124 horas y la diferencia fue especialmente evidente a partir de la quinta noche. La falta de sueño se convierte entonces en el principal enemigo: disminuye la claridad mental, aumenta la fatiga y cada decisión requiere un esfuerzo adicional. En total, creo que dormí menos de cinco horas durante toda la carrera.

Si tuviera que destacar una clave para afrontar el Tor, sería mantener una actitud positiva. Durante los dos primeros días sufrí más de lo esperado en las subidas, aunque posteriormente recuperaba buenas sensaciones en los descensos. Poco a poco dejé de pensar en los kilómetros recorridos o en los que quedaban por delante y empecé simplemente a disfrutar del entorno: los paisajes, los pueblos, los voluntarios y la atmósfera única de la prueba.

Esa capacidad para vivir el momento fue fundamental. No solo para terminar, sino para disfrutar realmente de la experiencia.

Una de las mayores sorpresas fue comprobar cómo evolucionaba el cuerpo. Esperaba un deterioro progresivo del rendimiento, pero ocurrió justo lo contrario. Durante el tercer y el cuarto día me encontré especialmente fuerte y confirmé que el organismo posee una capacidad de adaptación extraordinaria cuando se le exige durante tantos días consecutivos. En mi caso, la privación de sueño acabó siendo un factor mucho más limitante que el propio desgaste muscular.

Lo que me llevo del Tor es una enorme satisfacción. No tanto por haber cruzado la meta, sino por haber completado el recorrido disfrutando del camino y manteniendo buenas sensaciones durante gran parte de la aventura. También me llevo una profunda sensación de calma y la certeza de haber vivido algo irrepetible.

Y, sobre todo, me llevo el recuerdo del apoyo recibido. Familiares, amigos y compañeros estuvieron presentes durante toda la prueba, siguiendo cada avance y enviando mensajes de ánimo a cualquier hora. Nunca imaginé sentirme tan acompañado en una experiencia tan larga y exigente.

Nada más terminar, algunas personas ya me preguntaban si volvería a correr el Tor. Mi respuesta fue sencilla: todavía no es momento de planteárselo. Antes hay que asimilar lo vivido, recuperarse física y mentalmente y disfrutar de lo conseguido.

Quizá algún día entienda por qué tantos corredores regresan una y otra vez al Tor des Géants. Hoy, sin embargo, solo pienso en algo mucho más simple: saborear el viaje y agradecer haber llegado hasta el final.

 

 

 

 

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