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Después de vivir el año pasado una aventura como el Tor des Géants, me quedé con ganas de volver a enfrentarme a una carrera de esas que no se miden solo en kilómetros. Una de esas aventuras que te llevan durante horas —y noches— por la montaña, compartiendo camino con corredores de muchos lugares y descubriendo paisajes nuevos.
Esta vez el destino era Suiza. Y el reto, la SwissPeaks Legend, una carrera de casi 400 kilómetros y 27800+ que atraviesa el Valais.

Llegué a Brigerbad con muchas ganas, preparada físicamente , aunque reconozco que quizá no me tomé este reto con la misma seriedad que el anterior. Tal vez porque ya había vivido una carrera de este tamaño y, en cierto modo, pensé que sabía a lo que me enfrentaba.
La salida fue especial. La Odyssey, la prueba más larga, había comenzado días antes y sus corredores se incorporaban ahora a nuestro recorrido. Había ambiente, nervios y mucha ilusión. Incluso hice algo que no suelo hacer: colocarme delante en la salida.
Los primeros kilómetros fueron magníficos. Buenas sensaciones, conversaciones con otros corredores y un recorrido espectacular que nos llevó por algunos de los grandes paisajes alpinos, incluido el glaciar de Aletsch . Pero también empezaba a descubrir que la SwissPeaks no iba a ser precisamente fácil.
El calor, algunos tramos técnicos y la distancia entre avituallamientos hicieron que los primeros kilómetros fueran exigentes. Llegué a la primera base de vida alrededor del kilómetro 50 un poco desanimada, aunque físicamente seguía bien.
Después llegó la noche.
Y ahí empezó otra carrera.
Al principio disfruté muchísimo. Corrí acompañada, después me quedé sola, seguí con mi música y avancé a buen ritmo. Pero poco a poco apareció una pregunta que empezó a repetirse demasiado: ¿qué hago aquí?
Llegó la lluvia. El frío. La niebla. La soledad. Un collado a unos 2.500 metros sin apenas visibilidad. Y, sobre todo, ese ruido en la cabeza que empieza a convencerte de que estarías mucho mejor en tu cama.
Físicamente todavía podía seguir. Mentalmente, no.
Llegué al kilómetro 110 completamente vacía de cabeza y ya empezaba a notar también cómo el cuerpo se apagaba. Tenía una base de vida por delante, donde podía haber comido, descansado y dormido. Sabía perfectamente que, después de unas horas, probablemente podría haber continuado.
Pero había tomado una decisión.

Me retiré.
Retirarse también puede ser una buena decisión
Durante mucho tiempo parece que en las carreras solo existe una opción válida: llegar a meta. Pero cada vez tengo más claro que no siempre es así.
No pasa nada por retirarse.
A veces, tener la capacidad de decir “hoy no” y tomar esa decisión conscientemente tiene mucho más valor que seguir adelante simplemente porque hemos empezado.
Cada uno corre por motivos diferentes y tiene sus propios valores. En mi caso, correr por montaña significa disfrutar de la naturaleza, compartir kilómetros con otras personas, viajar, conocer lugares nuevos y vivir una aventura.
Y cuando, en un momento determinado, dejo de encontrar todo eso y lo único que quiero es estar en otro sitio, creo que lo más razonable es parar.
No quiero estar en mitad de una montaña deseando estar en mi cama. Quiero estar allí y querer estar allí.
Sé perfectamente que una carrera de estas características tiene que ser difícil. Tiene que haber sufrimiento, cansancio, frío, dudas y momentos en los que uno se pregunta qué está haciendo. Eso forma parte de la aventura. Pero también tiene que existir, en algún lugar de la cabeza, el deseo de seguir viviendo aquello.
Esta vez ese deseo desapareció.
Y preferí escucharme, retirarme y dejar la puerta abierta a volver a intentarlo con otra cabeza, otra preparación mental y las mismas ganas que tenía en la salida.
Al día siguiente, ya descansada, llegó el inevitable “qué pena”. Porque sabía que físicamente podía haber seguido.
Pero precisamente ahí está uno de los mayores aprendizajes que me llevo de esta experiencia: en una carrera de larga distancia no basta con preparar las piernas. Hay que preparar también la cabeza.
Puedes entrenar durante meses para subir, bajar, acumular desnivel y aprender a comer corriendo. Pero cuando llevas toda una noche bajo la lluvia, estás solo, no ves nada y tu cabeza empieza a preguntarse qué sentido tiene seguir, también tienes que estar preparado para responderle.
Esta vez no lo estaba.
Y espero tener la oportunidad de volver a estar en esa misma línea de salida para hacerlo de otra manera.
SwissPeaks es mucho más que 400 kilómetros
Aunque mi experiencia con SwissPeaks terminó en el kilómetro 110, me llevé algo mucho más importante: unas ganas enormes de volver.
Porque la SwissPeaks no es solamente la Legend.
La prueba se celebra en el Valais, una región alpina espectacular, y ofrece un abanico de distancias que permite acercarse al evento sin tener que enfrentarse necesariamente a una carrera de 400 kilómetros. Desde recorridos cortos para descubrir el ambiente de la prueba hasta distancias de ultra cada vez más exigentes, hay una SwissPeaks para prácticamente todos los niveles y ambiciones.
Y ese es precisamente uno de sus grandes atractivos.
Puedes ir a buscar una gran aventura alpina, pero también puedes plantearte simplemente conocer una zona espectacular de Suiza corriendo.
El Valais tiene todo lo que uno espera cuando piensa en los Alpes: grandes montañas, glaciares, valles, pueblos, lagos y unos paisajes que hacen que incluso en los momentos más duros levantes la cabeza para mirar alrededor.
Y luego está la propia carrera.
SwissPeaks celebraba este año su décimo aniversario y se nota que detrás hay una organización que lleva años aprendiendo y creciendo. El ambiente es cercano, los voluntarios son agradables y todo está pensado para que el corredor pueda centrarse en lo importante: avanzar.
Yo tuve además la oportunidad de conocer la carrera de la mano de Laurent, y eso hizo que la experiencia fuera todavía más especial.
Y aunque esta vez no tuve la recompensa de cruzar la meta, sí pude ver llegar a otros corredores. La llegada en Le Bouveret, a orillas del lago Lemán, es de esas que hacen que entiendas por qué merece la pena venir hasta aquí.
Después de tantos kilómetros —o simplemente después de unos cuantos— aparecen la comida, la gente, las conversaciones y esa sensación tan difícil de explicar que solo entienden quienes han compartido una aventura en la montaña.
Yo me quedé sin mi raclette de fin de carrera, eso sí. Tendré que volver.
Porque si algo tengo claro después de estos 110 kilómetros es que SwissPeaks merece una segunda oportunidad.
No sé si la próxima vez serán 400 kilómetros o alguna de las otras distancias que ofrece la carrera. Pero sí sé cómo quiero volver: preparada para sufrir cuando toque y preparada mentalmente para querer estar allí.

Porque una ultra no se termina solamente con las piernas.
También hay que querer estar en ella.
Gracias a la SwissPeaks

