Mi Tor des Geants 2023

Crónica

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Una visión desde dentro
Por: Nicola Picasso

Tras 4 años de espera, finalmente este 2023 llegó el momento de participar en una de las competiciones más icónicas del mundo del Trail, el Tor Des Gèants.

Lo que todo el mundo sabe sobre este evento, que de desarrolla en el corazón de los alpes Italianos, a lo largo de la “Altavia1 e Altavia2”, con salida y llegada en Courmayeur, son los números: 330km y 24.000 metros positivos acumulados, a completar en no más de 150 horas. Pero, ahora sé, esos números dicen muy poco de esta competición que, mucho más que un evento de Trail Running, es una travesía de ultra-resistencia, donde “correr” es algo secundario o  al menos complementario y auxiliar. Algo que yo no sabía y que, como explicaré más adelante, por lo que pagaría el precio de mi primer abandono en competición.

Está todo preparado, empieza el viaje

Con el dorsal 102, yo arrancaría esa mañana con la primera oleada de atletas, a las 10:00. Hacía una mañana estupenda, había descansado bien, estaba algo nervioso, pero la emoción y expectación por iniciar el viaje eran mucho mayores. Yo ya entregué mi “Sacca” con todo el material el día anterior, así que solo tengo que preocuparme de cargar mi chaleco, de llevar encima todo lo necesario, desayunar bien, y “solo correr”.

Ya en el cajón de salida, con el resto de corredores, me doy cuenta que el ambiente no es el que yo esperaba, y me pregunto ¿Qué me esperaba? Es un poco como cuando vas al cine a ver una película de la cual te has figurado “será buenísima”, y a la que sin saberlo, colocas unas expectativas tan altas que difícilmente podrá estar a la altura. Lo cierto es que allí, en esos momentos, estamos todos igual: concentrados, puede que un poco asustados, incluso nostálgicos al despedirnos de nuestros seres queridos a los que, a diferencia de otras competiciones, no sabemos muy bien cuando volveremos a ver o, al menos, sabemos que podran transcurrir varios días. Es una sensación extraña.

Y de repente, casi sin darme cuenta, ya estoy corriendo por las calles de Courmayeur: el viaje ya ha empezado. Estoy atónito, no sé cómo reaccionar. Mi sensación no tiene nada

que ver con la que he tenido en tantas otras competiciones, durante tantos años. Cuando arrancas una Ultra de, por ejemplo, 100km, sabes que “hay mucha carrera por delante”, y que lo que ocurra en los primeros kilometros no va a ser determinante, que te lo puedes tomar con calma. De hecho usas esos primeros kilómetros para despegarte un poco del pelotón, tal vez para evitar los primeros “tapones”, o al contrario, los usas para calentar, e ir tranquilo hasta la primera subida… Pero aquí ¿En qué momento empieza todo? Los primero kilómetros son extraños. Mucha gente nos vitorea, nos anima. “Ale ale ale”, el sonido de los cencerros, la respiración del chico que tienes detrás, la conversación entre los dos corredores que tienes delante. Todo transcurre tranquilo, con cierta quietud, pero a la vez muy rápido: cuando me quiero dar cuenta estamos en la primera bajada. El sendero serpentea a lo largo de un gran prado en bajada. Muchos corredores abandonan el sendero, y cruzan recto, lo cual no entendí y sigo sin entender. Algunos lo comentan riéndose. ¿Qué prisa tienen? Dicen… Lo cual me hace reflexionar otra vez sobre el viaje que tenemos por delante. Decido evadirme de esos pensamientos, no mirar el reloj, ir por sensaciones, y disfrutar. Voy cómodo, ligero, llevo buen ritmo, y el paisaje es todo un espectáculo.

Cambia tu plan, o no lo conseguirás

Aun no hemos llegado a la primera “Base Vita”, pero la verdad es que no sabría decir en que momento concreto ocurrió. Un corredor, no sabría decir la edad, creo que algo mayor que yo, se pone a caminar a mi lado. Estamos en una subida pronunciada, los dos llevamos bien ritmo.

Hace horas que yo me he dado cuenta que, desgraciadamente, he olvidado cargar en el chaleco los sobres de Tailwind para cubrir las primeras 10 horas de carrera que me llevarían hasta Valgrisenche, y en los flask solo tenía para 4 horas. Aunque tiro de sales genéricas en los avituallamientos, y trato de beber cuanto puedo, las rampas en los aductores se convierten en una cruz con la que tendré que cargar hasta llegar a mi Sacca, donde podré reponer todo lo que me falta.

El compañero lo sabe, me ha visto quejarme, incluso me he parado en un par de ocasiones, intentando estirar un poco, pero sin resultado (a lo que sigo adelante aguantando el dolor). Y en un momento dado me saluda “Ciao Nico”. Entiendo que ha leído mi nombre en el dorsal. Pienso en leer el suyo, pero está justo detrás de mí, y no lo veo. “Ciao!” l digo, “Come va?”. El me dice que me conoce de Instagram, que se alegra de haberme encontrado. Charlamos brevemente, y el me cuenta que esta es la tercera vez que hace el TOR y, con buen tono y amabilidad, me dice algo así como “No se que objetivo llevas, pero conociéndote, creo que será ambicioso. Tu eres un tío fuerte, un buen corredor, pero esta vez es probable que no logres tu objetivo, lo mejor que puedes hacer es cambiar de plan ahora que estás a tiempo. Camina mucho, descansa mucho, duerme siempre que puedas y tómatelo con calma, de lo contrario no vas a llegar”. Al llegar arriba yo saco un par de fotos. Él sigue adelante, casi sin pararse, pero baja tranquilo, trotando. Yo lo adelanto a la carrera, y me despido de él, pensativo pero incrédulo “tengo un plan, y voy a seguirlo, y ya veremos” pienso para mi.

No se si volvimos a coincidir, pero tenía toda la razón del mundo, y yo estaba equivocado.

El camino avanza, el TOR crece y yo menguo, kilómetro a kilómetro.

Llego a la primera base vida con unos 40 minutos de adelanto ante lo planificado. El único problema que he tenido han sido las rampas, pero no me preocupan; tolero bien el dolor y poco menos de una hora tras reintroducir Tailwind desaparecen (y vuelvo a orinar con regularidad: decir que durante las primeras 10 horas, solo oriné 1 vez). Allí me espera el equipo de soporte, que solo me podrá asistir en las primeras dos bases (por problemas logísticos nuestros). Tomo una sopa, me cambio, recargo el chaleco, el teléfono y el reloj, y en menos de 45 minutos vuelvo a estar en marcha. La primera noche transcurre muy bien. Disfruto, me divierto, sigo ligero y a buen ritmo. Al salir del avituallamiento de Eaux Rousses (km78) empieza a salir el sol. Asciendo hacia Col Loson tranquilo, disfrutando ante el espectáculo de la salida del sol, mientras la luz vuelva a colorear increíble paisaje que se descubre ante todos nosotros. La mañana pasa sin problemas, me sigo sintiendo bien, algo cansado pero fuerte, y tras coronar el Col Loson a al medio dia, empiezo un descenso rápido, a ritmo exigente. Corro junto a un par de chicas, una de ellas lleva el dorsal 24, una crack. Disfruto mucho hasta legar abajo, en muy poco tiempo, donde nos encontramos con un llano largo, tal vez el primero en 80 km. Le comento “Que bien, ¡un llano!” mientras corremos uno al lado del otro, a ritmo no superior a los 6’/km. Ella sonríe y me responde con voz preocupada: vamos demasiado rápido, nos pasará factura. Ella se retiraría no mucho más tarde, y yo comprendería a lo que se refería al día siguiente.

Antes de llegara a la segunda base de vida me tuerzo un tobillo, de la forma más tonta. Al principio creo que no es nada, pero luego me doy cuenta de que ha sido una buena distensión. Me duele, y modifica mucho mi mecánica, cargándome mucho la rodilla contraria, que tras unas horas empezaría a llenarse de líquido. En la “Base Vita” me espera el equipo, va todo bien, pero yo me doy cuenta de que probablemente va a ser la última vez que los vea hasta la meta. Lo les digo nada, pero me inunda una profunda sensación de desamparo, de vértigo, de miedo… Intento dormir, pero hay mucho ruído en la zona de descanso; justo cuando me estiro empiezan a colocar más camastros, lo cual despierta a casi todos los que están allí descansando. Recojo y me voy, algo molesto, igual que hacen muchos. Me han curado los pies, y puesto un vendaje para el tobillo. Arranco cansado, pesado, y me doy cuenta que durante la mañana el sol me ha quemado un poco la piel. Sin embargo una gran sensación de prisa me embarga, e intento correr a buen ritmo los 2 km de llano que tengo ante mi. Luego empiezo otra vez a subir. La noche transcurre tranquila, aunque paso calor; llegamos a la parte mas baja de la competición (sobre los 300 metros), y de noche estamos a 19º. Además me doy cuenta de que, no se el motivo, dejo de sudar, y tengo la sensación de estar asándome de dentro a fuera, literalmente. Esta parte del recorrido es muy diferente, pasamos de sendero hundido en bosque, ha trozos de asfalto que pasan entre una población y otra, siempre con el sonido del río de fondo. Me siento atrapado por el haz de luz de mi frontal, como una polilla que no ve nada más allá. Las alucinaciones, me acompañan durante casi todo el camino hasta Donnas, que alcanzo tras 11 horas, durante las cuales he intentado no perder el ritmo, corriendo todo lo posible, sin casi descanso en los avituallamientos que he ido encontrando: sin querer he puesto el “piloto automático” en modo “Ultra trail 100km” (algo que, creo, mucho de vosotros entenderéis perfectamente). Un grave error que se suma a todos los anteriores.

En Donnas paro 3 horas. Pido lugar para dormir, pero me dicen que no quedan plazas. Mala suerte. Me acuesto en el suelo 15 minutos, y vuelvo a arrancar, eso sí, duchado, cambiado y con los vendajes de los pies renovados. Yo arranco lleno de energía, animado y feliz. Grabo un vídeo que mando al grupo de Whatsapp de la carrera (con todos los que me siguen en remoto): ahora ese es el único cordón umbilical que me une a ellos. Yo no lo sabía, pero esa mañana estaba a punto de cometer el error definitivo. Hago mis cálculos, y me doy cuenta que, aunque me he  retrasado basatnte respecto a lo planificado, si apreto en la subida hasta el Rifugio Coda (el equador de la competición, en el KM 167), puedo plantarme allí en menos de 50 horas totales. Y así lo hago: aprieto el paso, la ascensión es lo mío, y es donde puedo ganar terreno y tiempo, sobre todo ahora, con el cansancio acumulado.  En 5 horas y medio cubro los 18km y casi 3000m positivos hasta el refugio, al que llego feliz y optimista en 49 horas totales.

A partir de allí, todo cambiaría, empezando por el meteo.

El inicio del fin

Abandono el Coda bajo la lluvia, con relámpagos y truenos que amenazan, no muy lejanos. Calculo que puedo estar en la siguiente Base VIta  sobre las 22:30, es decir, en unas 10 horas. Son 30km con 3.000m positivos ¿Y los negativos? No los tuve en cuenta. Bajadas eternas de escalones que me machacarían, a cada paso, las rodillas y el alma. En total fueron 16 horas las que acabaron conmigo. Durante esta tercera noche me di cuenta de todos los errores cometidos: comprendí que aquí, a diferencia de en una Ultra “normal”, cada hora que te paras a descansar y recuperarte, no es una hora perdida, si no una “hora invertida”, que te hará ganar tiempo más adelante. Me di cuenta que ganar 10 minutos en una bajada a ritmo alto solo te llevará a un desgaste que, más adelante, te hará perder horas. Me Di cuenta que aquí, tener un equipo de apoyo que te siga, ya no solo en cada Base Vita, si no en muchos avituallamientos (como lo tienen muchos de mis compañeros), es clave. En definitiva, me di cuenta de que había empezado este viaje sin tener ni la más remota idea de a lo que me exponía realmente. Comprendí que “los números, son solo eso, números”.

Tras meditarlo un poco, decido seguir. Abandono Gressoney a las 8 de la mañana. Ahora avanzo con calma, a buen ritmo en subida, pero tranquilo, sin desgastarme más de la cuenta. La mañana transcurre bien hasta llegar a la cima de Col Pinter. Es con el descenso hacia Champoluc donde me doy cuenta de la realidad: las bajadas son una tortura, me machacan física y psicológicamente. Avanzo a no más de 4km/h, ahora tengo las dos rodillas llenas de líquido, y los kilómetros no pasan. Estoy torpe, resbalo sobre el terreno mojado, me caigo. Empiezo a pensar ¿en cuál de estas caídas acabaré haciéndome daño? Por primera vez en todos estos años de competición, mi cabeza hace un clic. Empiezo a hablar solo, en voz alta, me expongo a mi mismo todas mis dudas y, finalmente, pregunto ¿Te lo estas pasando bien? ¿Estás disfrutando? NO.

Al llegar Champoluc me esperan mi mujer y mi hija: mi primo (italiano) y su mujer han venido de sorpresa. Hablo con ellos, les pido consejo. Parece que ellos tienen más ganas que yo de que siga adelante, sin embargo, al verme me animan a dejarlo. Ninguno de ellos me han visto nunca así, por lo que comprenden que mis motivos son de peso. No estoy triste, no me siento mal.

El encuentro con un Gigante

En el momento en el que un VOLONTOR corta mi pulsera de crono cierro los ojos, y me imagino a mi mismo en medio de un prado verde de lo que hemos cruzado estos días. Frente a mi hay un ser fantástico, mide algo más de dos metros, no es ni hombre ni mujer, sus rasgos son pétreos, tiene el pelo largo y de color plateado y cambinate, como el agua de los ríos que hemos seguido. Sus ojos son completamente negros, pero salpicados por mil destellos, como los cielos estrellanos que nos han arropado durante las noches.

Me mira, inmovil, con sus enormes pies arraigados al suelo. El viento hace ondear su sencillo ropaje, una pesada túnica amarilla que, al agitarse, hace el característico sonido de las banderas colocadas en una cumbre. Su mirada me atraviesa. Al principio me da algo de miedo, pero enseguida comprendo que no hay nada que temer. Entonces su boca empieza a arquearse lentamente, crepitando como la madera, hasta transformándose en una maravillosa sonrisa: y me tiende su mano. Yo lanzo los bastones a un lado, y con ambas manos estrecho la suya. Es dura, arisca, y está recubierta de musgo y líquenes. Le devuelvo la sonrisa, mientras lágrimas de emoción recorren mis mejillas. “Me has vencido”, le digo. “Y me has enseñado mucho”. El ser no dice nada, pero sigue sonriéndome mientras cierra los ojos unos segundos. “Gracias, Tor des Géants, volveré”.

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