Más allá de la meta: mi aventura en el Tor des Géants

Crónica
Todo empezó casi como un juego. David, compañero de mi club, quería apuntarse al Tor y me dijo que lo acompañara. Yo respondí que prefería esperar un año más, para tener más tiempo. Su respuesta fue directa:
«Con tu trabajo en AltaTrek, con todos los viajes y rutas que tienes por delante, nunca tendrás mejor preparación que ahora.»
Tenía razón. Así que me apunté al sorteo… y me tocó. Desde marzo la decisión estaba tomada. Jorge diseñó mi plan de entrenamiento, Cris y él serían mi equipo de asistencia, y yo me lancé a preparar lo que sería el mayor reto de mi vida.
Los meses de preparación
Semanas de 100 a 150 km, con desniveles interminables, acumulando fondo y paciencia. En junio arrancaron los viajes con AltaTrek, que fueron el mejor campo de entrenamiento. Y en agosto, la última fase: dos Tour del Mont Blanc y la Alta Ruta Chamonix–Zermatt. En total: 550 km y 35.000+ en tres semanas.
Mientras tanto, iba afinando material, obsesionada con las zapatillas. Tenía claro que mis dos aliados serían los pies y el sueño. Si ellos resistían, yo también.

 

El viaje a Courmayeur
El 12 de septiembre volamos a Milán. Desde allí, autocaravana hasta Courmayeur. El ambiente era indescriptible: los gigantes del Tor des Glaciers estaban a punto de salir, 450 km sin balisaje entre glaciares. Ellos eran mis héroes.
El sábado recogí el dorsal, todo perfectamente organizado. Un masaje para relajar

me, y a esperar. Estaba tranquila, casi serena.

Día 1: el comienzo

 

Domingo 14, 10:00 h. Courmayeur vibra. Empieza el Tor des Géants.
Salí desde atrás, sin prisas, para regular. El ambiente era electrizante: música, gente, ánimos. Subiendo, charlé con una corredora de Costa Rica que llevaba cinco ediciones. Pensé: «Si repite cada año, no será tan imposible, ¿no?»
Pero pronto llegó el primer golpe: calambres en los cuádriceps… ¡a los 30 km! Incomprensión, decepción, miedo. ¿Cómo podía pasarme tan pronto? Bajé el ritmo, avisé a Jorge y Cris, y alcancé la primera base de vida en Valgrisenche (49 km, 4.000+). Un respiro, asistencia, y adelante.
Noche 1: dudas y lágrimas
La subida al col d’Entrelor fue interminable, y la bajada aún peor. Llegué a Eaux Rousses destrozada, con los cuádriceps como si hubiera corrido una maratón a tope. Allí estaban Jorge y Cris. Lloré. Dudé. Pensé que no podía seguir. El Tor no perdona fallos antes del km 250, y yo ya iba rota al 80. Pero con su apoyo decidí continuar.
La subida al col Loson (el más alto del Tor) bajo un sol abrasador fue durísima. La bajada a Cogne fue un suplicio, paso a paso, convencida de que allí terminaría mi aventura. Pero algo dentro me decía: «descansa, come, duerme, recibe un masaje y luego decides».
Día 2: el renacer
En Cogne ocurrió el milagro. Gracias a Jorge, a Cris y a ese grupo de apoyo que me empujaba desde la distancia, me levanté. Salí de noche, con música, en mi burbuja, buscando un paso distinto para descargar los cuádriceps. Y poco a poco… ¡volví a tener piernas!
Llegué a Donnas (150 km, 11.000+) con otra cara. Ya podía pensar en estrategia, en dónde dormir y cómo gestionar lo que quedaba. Decidí descansar en Barma… aunque el plan no salió como esperaba: lleno, lista de espera para dormir. Terminé echada en un banco del restaurante, con mi manta térmica, robando minutos de descanso.
La subida al col de loup fue brutal, una pared vertical en plena noche. Allí apareció Raphaël, un francés con el que había coincidido antes en Cogne. Nos reconocimos y ya no nos separamos. Él me esperaba en las subidas, yo en las bajadas. Se formó un dúo que sería clave hasta el final.
Días 3 y 4: la magia del Tor
Llegamos a Champoluc de noche, muertos de sueño. Y de repente, veo a Alix, mi amiga, esperándome. Increíble. El Tor también es eso: sorpresas que te llenan el alma.
En Gressoney, día 17 de septiembre, cuarto día de carrera, era el cumpleaños de mi hijo Achille. Llamamos por FaceTime, soplamos las velas juntos. Yo sabía sus regalos, pero lo que no sabía era la sorpresa que me tenían preparada: ¡al día siguiente viajaban todos a Italia!
Y así, bajando hacia Magia, aparecieron de detrás de unas rocas cuatro cabezas conocidas. Mis hijos, mi familia. Un momento que guardaré toda mi vida.
Últimos días: el cuerpo contra la mente
De ahí en adelante, la carrera era nuestra. Con Raphaël ya hacíamos planes de llegada, seguros de que acabaríamos. Pero el Tor aún tenía pruebas: una bajada interminable hacia Oyace, piernas hinchadas, la desesperación de caminar como un pato sin poder correr en el único tramo llano de todo el recorrido.
En Bosses me esperaba mi equipo de lujo: Jorge, Alix y mis hijos. Mochilas, comida, masajes, hielo… Me sentía una reina, y supe con certeza que iba a terminar. Solo quedaba la subida al Malatrà y la última bajada.
La última noche
Viernes 19 a las 21:00 h empezamos la última subida. Noche extraña, cuerpo al límite, en piloto automático. Los metros parecían kilómetros, los kilómetros millas. Pero seguía.
Y al amanecer, llegó Courmayeur. Silencio en la ciudad dormida. Solo quedaba la meta. Últimos pasos con Cris, con mi familia acompañándome y Jorge esperándome  al final del arco.
139 horas y 54 minutos. 352 km. 26.000+.
Lo había conseguido.
Más allá de la meta
El Tor no es solo una carrera. Es un espejo donde te ves rota y vuelves a levantarte. Es dolor, dudas, lágrimas, pero también amistad, solidaridad, equipo y familia. Es la certeza de que si tienes un objetivo claro y no dejas de luchar, puedes lograrlo.
Gracias a Jorge, Cris, Alix, mis hijos, TrailXtrem, mis amigos y mi familia. A la organización impecable, a los voluntarios que de día y de noche ofrecen sopa caliente y sonrisas, a los masajistas que te devuelven las piernas cuando crees que ya no puedes más.
El Tor des Géants me enseñó que más allá de la meta está lo que te permite cruzarla:
el apoyo, la testadura y la certeza de que siempre podemos ir más allá de lo que creemos.
«El Tor es imposible para una persona… pero se vuelve realidad gracias a todos los que caminan contigo, aunque sea en silencio.»
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