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Me llamo Alberto Malinverni y he visto tortugas en el monte Monviso.
Después de esta experiencia me siento un poco más ultratrailero que hace unos días. Hasta ahora había vivido este deporte desde detrás de una cámara. Como videógrafo he seguido a cientos de corredores sobre el asfalto, en senderos de alta montaña y también en las arenas del desierto, acompañando con mi objetivo el esfuerzo, la ilusión y la emoción de quienes se enfrentan a carreras extremas.
Pero una cosa es contar una ultra y otra muy distinta correrla.
Todo empieza mucho antes del día de la salida. Empieza cuando descubres la montaña y sientes la necesidad de recorrer cada vez más senderos. Después llegan las carreras en asfalto, el cronómetro y, casi sin darte cuenta, las primeras pruebas de trail. Hasta que un día haces clic, completas una inscripción y decides enfrentarte a una carrera de cien millas.
Quedan meses para la salida. Todavía no tengo mochila —me la prestarán—, pero ya empiezo a pensar en todo lo que deberá acompañarme: geles, agua, una chaqueta para el viento, una gorra, algún apósito… y, sobre todo, las ganas de disfrutar de la experiencia, pase lo que pase. Quiero descubrir qué se siente al correr durante toda una noche con el único sonido de la respiración y los propios pensamientos.
La luz de mi frontal apenas alcanza tres metros. Avanzo dentro de esa pequeña burbuja de luz como si la fuera empujando delante de mí. Tengo la sensación de recorrer solo tres metros cada vez, repetidos una y otra vez hasta el infinito.

Durante la noche me cruzo con dos gatos, un zorro, tres autillos, un ratón… y la primera tortuga.
Cuando finalmente amanece, siento que el recorrido ha transcurrido como un sueño. Ya es hora de desayunar, aunque llevo corriendo desde la tarde anterior. Al llegar al primer avituallamiento pido dos platos de pasta con caldo con el hambre de un náufrago. Como sin preocuparme demasiado por las formas y recupero fuerzas. Después duermo trece minutos sobre una litera. Son apenas unos instantes, pero suficientes para levantarme con la sensación de poder seguir adelante.
La última bajada se hace interminable. El viento obliga a ponerse la chaqueta y los pies, junto con la rodilla derecha, empiezan a decir basta. Quizá nunca estuvieron de acuerdo con aquella inscripción que hice meses atrás sin consultarles.
Es la cabeza la que termina llevando el cuerpo hasta el siguiente avituallamiento. Allí vuelvo a encontrar la pasta con caldo y, sobre todo, el ánimo de los voluntarios. Sus sonrisas pesan menos que la mochila, pero ayudan mucho más.
Mi carrera termina en el kilómetro 105. Han sido 105 kilómetros de sorpresa, esfuerzo, emoción, dudas y aprendizaje. También de mensajes de ánimo llegados desde casa que, leídos una y otra vez en el teléfono, me empujaron a seguir avanzando.

Más que una carrera, ha sido un viaje. He descubierto que los límites son mucho más flexibles de lo que imaginaba y he entendido el sentido de una frase que suelo escuchar a un amigo ultrero: «Las carreras que no se terminan son las que más enseñan».
Recordaré esta ultra durante mucho tiempo. Cada hora. Cada piedra. Y también las tortugas.
Porque, al terminar, descubrí que nunca habían estado allí. Eran una alucinación en el kilómetro ochenta.

