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Tengo el honor de participar en el Tor des Géants. Todavía me cuesta creerlo. Ha sido una de esas carambolas del destino que, cuando llegan, te dejan con una sonrisa tonta y el corazón acelerado. Conocía esta aventura, me atraía el reto, la soñaba en voz baja… y por circunstancias de la vida, y sobre todo por buenos amigos, aquí estoy: con la Gran Aventura asomando ya en el horizonte.
No soy de darle demasiadas vueltas a las cosas hasta que la fecha está realmente cerca. Pero hoy, bajando de la montaña, me ha invadido algo difícil de explicar: una mezcla de gratitud, nervios y alegría. Y he sentido la necesidad de ponerle palabras a esta emoción, de dejar constancia de lo que se mueve por dentro antes de que empiece el verdadero viaje.
Estoy entusiasmado y, a la vez, sin saber del todo qué me espera. Y entonces vuelven las preguntas, insistentes, como el eco en una ladera: ¿por qué quiero participar en el TorX? ¿Cuál es mi “porqué”, el que me empuje cuando las fuerzas flaqueen?
Porque me parece una aventura total. Montañas que impresionan de verdad, senderos alpinos que te ponen en tu sitio, la serenidad que se siente en lo profundo del bosque y, de pronto, el vacío y la grandeza de la alta montaña. Porque sé que habrá una organización de diez, sosteniéndonos durante una semana entera, con voluntarios entregados que aparecerán en los lugares más insospechados como si fueran faros en mitad de la noche. Porque conoceré a personas afines, gente con pasión por la montaña, con las mismas ganas de aventura, de reto, de descubrir… o al menos de rozar ese límite personal que a veces solo se ve cuando te atreves a ir un poco más allá.
Sigue siendo una incógnita: ¿seré capaz?, ¿mantendré la fe cuando el cansancio pese como una losa? Hay momentos en los que me asusta pensarlo, y otros en los que me emociona solo imaginarlo. Pero incluso con las dudas, el camino ya merece la pena. Entrenaré, me exigiré, habrá sacrificio personal y también familiar… y aun así me siento afortunado: tengo grandes apoyos. Personas que estarán conmigo en los momentos buenos y en los no tan buenos —porque sé que los habrá— durante esta aventura tan grande como hermosa.
Me apetece compartir todo esto: contaros lo que viva y, sobre todo, lo que sienta. Ojalá pueda animar a alguien, o al menos trasladar con honestidad la realidad de mis días allí arriba: las dudas, las pequeñas victorias, el silencio, la belleza y esa lucha íntima que solo se entiende cuando vas paso a paso, durante horas, durante días.
Tampoco quiero tomármelo con una seriedad pesada: quiero disfrutar del camino, del paisaje, de mis amigos y compañeros de aventura, de cada amanecer y cada refugio. La apuesta es grande y terminar, llegar a meta, exigirá determinación, paciencia y una fuerza que se construye en los días difíciles. Pero precisamente por eso esta aventura es única y extraordinaria: porque te vacía… y te llena al mismo tiempo.
CONCLUSIONES
Y para cerrar este planteamiento —como siempre me repito— vuelvo a lo esencial: disfrutar. Escuchar al cuerpo, no hacerme daño, respetar la montaña y agradecer cada paso. Y si ellas, las montañas, lo permiten… acabar la aventura. Llegar. Abrazar la meta con la certeza de haberlo dado todo, de haber vivido algo que se queda para siempre.

